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viernes, 3 de octubre de 2008

Pluralidad verdadera


Sigo a vueltas con mi famoso taller literario, y la verdad es que la cosa salga o no salga al final, o me haga ganar o perder cuatro duros (en más no puede estar la diferencia), resulta interesante conocer a la gente que se interesa por estas cosas.Lo mejor del caso es ver lo heterogéneo, lo dispar, lo verdaderamente plural que es interés que despierta la literatura. Normalmente, se suele entender por pluralismo la divergencia de opiniones o procedencias sociales, pero los grupos que se autodenominan plurales suelen ser mas ortodoxos de lo que creen, porque sus integrantes pertenecen casi siempre a un mismo rango de edad.Aquí, para mi sorpresa y alegría, han llamado desde chicas que acaban de terminar el instituto y hacen sus pinitos en la Universidad hasta profesionales de alto rango jubilados que quieren aprovechar que no trabajan para dedicar, al fin, unas cuantas horas a lo que siempre les gustó pero no tenían tiempo.Y es que parece que contar historias, el deseo de contarlas, sigue siendo universal y de todas las edades. Una agradable sorpresa, sí señor.

Cambio de estilo


Me dicen también que se impone un cambio de estilo en este blog.Sea.No sé bien qué significa cambiar de estilo, como no sea modificar le criterio con que se eligen las palabras, no sólo por su significado, sino también por la sonoridad, o la culpa, esa carga que traen de otros textos y otras lenguas y que las convierte en lo que no son, o en lo que son a oscuras, escondidas entre gramáticas pardas y artificios intelectuales para mejor engañar cobardías. O tedios.También el idioma tiene su teoría conspiratoria. Algunos le llaman concienciación, otros adoctrinamiento. Algunos, pocos, literatura. Tampoco son inocentes las tres palabras que se ofrecen para enlazar un concepto escurridizo de suyo: quien dice concienciación, afirma a la vez que necesitas un cambio de conciencia. Quien dice adoctrinamiento, habla de imposición, puño o brazo en alto, en columna de a dos, formados en un patio. El que dice literatura ni él sabe lo que dice.Sea.

Clásicos futuros


Hoy en día parece que se impone ante todo la experiencia periodística del autor, porque lo que importa no es tanto el estilo, ni la manera de contar algo, como la capacidad para aportar datos al lector y contarle una trama sin florituras ni miramientos. Tengo para mí que eso no es literatura, sino folletón, y que el periodista, acostumbrado a contar simple y llanamente lo que pasa nunca será un verdadero escritor, o su obra nunca será una verdadera obra literaria. Desde luego, eso no parece importale a nadie, y a las editoriales mucho menos. no es raro que te digan, cuando hablas de la posible calidad literaria de un texto, que ellos no se dedican a eso, que a la literatura se dedica Fulano, o Mengano, casi siempre personajes marginales con publicaciones de tirada microscópica.Hoy, parece ser, se publican los clásicos de antaño para que ama las letras y un montón de historias de todo tipo para el que busca entretenimiento. El libro es, como nunca lo ha sido, una forma más de circo, y queda a la habilidad del autor colocar de vez en cuando, en alguna parte, una idea convenientemente disfrazada de trama para que el lector no la olvide, o no la sale, en busca del siguiente diálogo.Los arqueólogos literarios del futuro, los que bucearán en los millones de títulospubloicados en este último siglo, tienen trabajo para eras geológicas enteras en busca de los clásicos recién descubiertos del mañana.Porque de algo podéis estar seguros: los que serán aplaudidos reeditados dentro de doscientos años no son los que aplaudimos nosotros. Eso pasó siempre. O casi

Reconocerse



Sucede en todas las facetas de la vida, pero en esto de las letras es especialmente llamativo: mirar lo que otro día te pareció bueno, lo que te pareció bien construido y encontrarte con que no tiene nada que ver con lo que estás haciendo.Porque ren un relato puedes acertar más o menos, y lo puedes leer con el tiempo y sentirte más o menos identificado con la idea, o con la construcción,, el ritmo, o cualquier otra característica de lo escrito.pero en una novela, y más si es de intriga, lo que ocurre es mucho más sangrante: que aquello que escribiste durante toda una tarde no tiene nada que ver con los personajes, o con la trama original que había ideado. Que los policías andan investigando algo que ya habías resuelto más atrás, los delincuentes dejan pistas imposibles de pasar por alto y los viandantes saluda, pero no ven.A veces es duro reconocerse. O a lo mejor es una enseñanza para la vida: no siempre somos nosotros mismos. o no siempre somos la faceta de nosotros mismos que esperamos ser. Y ese idiota que sobreviene a veces, si no tenemos cuidado, lo mismo nos la lía.

La peor prueba


Tal vez una de las pruebas más duras a las que ha de enfrentarse un escritor es la comparación consigo mismo.Parece evidente que con el tiempo, el esfuerzo y la experiencia, cada vez se escribe mejor y con más fluidez, pero a veces echa uno la vista atrás, a un texto cualquiera de hace unos cuantos años, y aunque semejante ejercicio deja la satisfacción de corregir mentalmente este o aquel defecto, queda también a veces la amargura de saber que la ligereza, la brillantez de algunas espontaneidades y no sería posible hoy.Y no es que la espontaneidad sea mejor que el conocimiento, que nunca fui partidario de esa idea adolescente tan de moda hoy en día, sino que el que explora es siempre más original que el que camina por un sendero conocido. De originalidad hablo, que no de calidad, por esta vez.A veces nos miramos atrás en nuestras letras sin darnos cuenta de que también al estilo, como al rostro, pueden ir saliéndole pequeñas arrugas, manchas de vejez, acartonamientos del alma que sabe ya demasiado.

Los críticos


Hay por ahí una mayoría de gente que se cabrea cuando lee una crítica a un libro suyo que no condice con sus propias expectativas. Estos son, normalmente, los que ponen al crítico en el lugar del lector en vez de en el papel que realmente le corresponde: el de crítico. Disculpen la obviedad, pero es que me parecía necesaria.Como además de escritor he sido otras veces crítico, comprendo la mecánica del asunto y no me sorprendo cuando leo lo que otros, en otros medios, opinan de lo que escribo.Si me alaban sin fisuras, me parece que la cosa va de broma y me pregunto si no tendrán un punto de ironía. Yo nunca alabé a nadie sin fisuras. Si me atacan sin fisuras también me río, convencido de que la guerra está en otra parte y que el objetivo a demoler es otro, distinto del libro. Como crítico que he sido, sé muy bien que la credibilidad en ese trabajo viene de la maestría que se alcance en el arte de la ambigüedad, de la mezcla estable entre alabanzas y oraciones adversativas. Si no vas por ese camino, en cuatro días te ves con el agua al cuello, por unas y otras razones, por unas y otras facciones.Os lo cuento por si os sirve a alguno para menguar algún calentón o para bajar de algún soleado guindo. Si le aplicáis el coeficiente de corrección profesional al asunto, el de la profesión del crítico, por supuesto, veréis la cosa de otro modo.Os sugiero que lo intentéis.

ocio a medias


Dicen que el triunfo de la modernidad está en haber concedido al hombre un tiempo de ocio del que antes carecía. Durante mucho tiempo, se trabajó de sol a sol, y la gente tenía que afanarse en jornadas infinitas para ganarse el sustento, pero luego llegaron los fines de semana, las vacaciones pagadas y la jornada de ocho horas.A mí, cuando oigo esas cosas me da la impresión de que me están tomando el pelo, comparando los tiempos actuales con épocas peores dentro de las muchas épocas posibles. Hoy en día hay más ocio que en el siglo XIX. Eso, por supuesto.Es posible incluso que si se hace la suma se trabaje hoy menos que nunca, pero que tampoco nos vendan la moto: trabajar de sol a sol en el campo significa que se trabaja un montón de horas en verano, pero también que no se hace prácticamente nada en invierno. Trabajar en la antigüedad era duro, como lo era todo, claro que sí, pero en el calendario medieval, pro ejemplo, se computan casi noventa fiestas de guardar, y ahora tenemos doce.Si a eso unimos que el ocio se llena de curiosas y sobrevenidas obligaciones, queda preguntarse si en realidad el ocio que disfrutamos no será una especie de subproducto de la jornada laboral, como el serrín lo es de la madera.Yo, por lo menos, entre tarea menuda y cominería, no encuentro hueco, un hueco de veras, para hacer durante un espacio prolongado lo que quiero: sentarme a escribir todo seguido, sin interrupciones.Cualquier día me echo al monte.

Relajar el cálamo


Me dicen que para ser un tío que se dedica a eso de escribir no me esmero un carajo en esto del blog. La verdad es que no sé lo que saldría si me esmerase, porque tampoco me tengo por un inefable maestro del estilo, pero la verdad es que sale lo que sale porque vengo aquí a desengrasar la reflexión excesiva que requieren otras páginas.Si te pones a componer una bitácora de este tipo es porque crees que te encuentras entre amigos, aunque al final no te leas más que tú mismo. Y aunque así fuera, bastate mérito tendría estar entre amigos cuando no hay nadie más delante, porque lo más difícil que conozco es ser amigo de uno mismo.En todo caso, cualquier día de estos me pongo en plan serio y me decido a publicar aquí textos del mismo tipo de los que escribía en otras eras geológicas para la prensa. así, por lo menos, me esmero un poco y dejo satisfechos a los que esperaban otra cosa.Supongo que a Cicerón no se le exigía ser un maestro de la oratoria también cuando compraba los garbanzos. O a lo mejor sí, y además lo conseguía

vender libros




Estos días he estado de feria. La revista universitaria de León ha cumplido veinte años en continuidad, y había que celebrarlo, porque no es cosa fácil para una revista universitaria superar un número tan grande de promociones sin haber cerrado en ningún momento.Bueno, pues el caso es que aprovechando este evento, hablamos con los organizadores de la feria Internacional del Libro y, muy amables, nos asignaron una caseta en la feria.Y ahí, justo ahí, fue donde empecé a ver lo que es vender libros, porque además de regalar ejemplares de nuestro periódico, postales, pegatinas y un poco de lo que había por el almacén para completar una retrospectiva de los veinte años, senos ocurrió poner a la venta un libro que habíamos editado años atrás.El libro es bueno. El libro es cojonudo. Recibió un premio muy importante, está bien editado, no era caro, y el autor, además de ser conocido, es de la tierra. Lo teníamos todo, y no veáis la epopeya que fue vender aquellos pocos ejemplares que vendimos. La gente va a las ferias con una bolsa a ver lo que puede atropar. Coge catálogos a pares, revistas que no leerá jamás, carteles por puñados y todo lo que pueda pillar a su alance. Algunos, además, piden bolsa.En cuanto al libro, no puedo menos de sorprenderme del modo de ojearlo que tenían muchos: pasaban las páginas como si quisieran abanicarse con ella, y volvían a dejarlo en su sitio: nunca llegué a comprender si querían saber de qué iba el texto o querían saber si estaba bien cosido. La leche.Por esto y llo que os iré contando según surja, permitidme un consejo: si algún día os entra la vena comercial, vended churros. Es mucho más gratificante. Seguro

Grupos



Los grupos de escritores se suelen caracterizar por que la gente que se reúne en ellos pasa más tiempo hablando de lo que quiere escribir, o de lo que va a escribir, que escribiendo realmente.Salvo la honrosa excepción del Tintero Virtual, un grupo de gente que cada semana cuelga sus relatos en el foro de Terra, no tengo vistas más que colecciones de monólogos donde toda disensión se resuelve con el salomónico subjetivismo de que hay gustos para todo.Y por supuesto que hay gustos para todo, pero para decir semejante cosa y llegar a la conclusión de que cada cual hace bien en mantener sus vicios, sus virtudes y sus manías narrativas no hace falta reunirse en ningún sitio.A veces llego a pensar si no será que la gente se reúne en esos grupos con intenciones muy distintas y si la literatura no será un pretexto, uno cualquiera, para conocer gente.A veces pienso, como decía Heine, si el laurel no será un simple preludio para el mirto.

Tranquilitud


Escribir es una tarea que requiere tranquilidad espiritual, a menos que se sea uno de esos extraordinarios especímenes capaces de convertir en literatura sus propias zozobras, como Poe.Soy de la opinión de que para escribir verdaderas maldades hay que tener un fondo bondadoso, igual que para escribir los párrafos más líricos hay que atesorar un poso negro. Como prueba, ahí están los motetes de Gesualdo, paradigma de serenidad, y los componía para templar el pulso antes del asesinato. O eso dicen.El caso es que cuando se te echan encima las circunstancias diarias, esas pequeñas guerras sin muertos ni heridos, pero con mucha adrenalina disparándose a toda velocidad, lo único que te apetece escribir son poemas pastoriles. Y no es plan.

Noctíletros



La manía de escribir por las noches proviene, oficialmente, de la necesidad de tranquilidad y concentración, sin temor a que nadie te moleste.Lo cierto, sin embargo, es que escribir de noche suscita otra clase de ideas distintas a las que surgen de día. El tono narrativo depende, por supuesto, del tono del que escribe, y si es cierto eso de los ritmos circadianos y de que la mente funciona de distinta manera según la hora, llegamos ala conclusión de que hay obras diurnas y obras nocturnas.¿Os imagináis a Proust escribiendo “en busca del tiempo perdido? A las once de la mañana? Es posible que lo hiciera, pero la verdad, yo no lo imagino. Me lo figuro más bien en largas noches de insomnio, peleando con el verbo justo, afinando el adjetivo a la luz de una vela, o de un quinqué. Seguramente tenía otra clase de iluminación, pero así es como lo imagino yo.Sin embargo, hay otras obras que tienen que ser necesariamente diurnas: Stevenson escribió seguramente “la isla del tesoro” por las tardes, con el rumor de fondo de algún mar, y las voces de los carreteros y los comerciantes de las inmediaciones mezclándose con la suya, que sonaba en el interior de su cabeza. Lo más seguro es que sea una tontería, pero para eso son las cinco de la mañana: la hora en la que puede uno permitirse estas cosas.

Presentación

Me he mudado desde los blogs de ya.com y empiezo de nuevo, copiando viejas entradas.

Esta es la historia de un tipo que se sienta ante el teclado y se sonríe al ver desgastadas las teclas. Tiene que seguir mirando mientras escribe poque ha logrado el difícil hito de dar 160 pulsaciones por minuto con dos dedos. Ha logrado también colocar treinta erratas en esas ciento sesenta pulsaciones, pero la errata, como la arruga, es bella.Para saber qué letras son más frecuentes en un idioma no es necesario leerse sesudos estudios sobre fonética: basta con comprobar el nivel de desgaste de un teclado viejo, como este desde el que escribo: La A ha desaparecido por completo. La I y la O no existen más que en un lejano recuerdo, casi atómico, de pintura negra. De la E queda el palo de arriba: algo es algo.La L y la N tienen un poquito más de traza de lo que un día fueron. La S, la R y la M, todavía se adivinan. El resto, más o menos sobrevive.la idea es seguir escribiendo a toda costa, con lectores o sin ellos.Si alguien aparece por aquí y me demuestra con un comentario que lo mío no es un monólogo, agradecido de veras. Tal vez así me preocupe de no decir más gilipolleces de las justas. O todo lo contrario. Ya se verá.Gracias